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¿Quién cuida a quien cuida? Una reflexión sobre las madres y el cuidado invisible

¿Quién cuida al cuidador?

Hay una narrativa muy instalada en nuestra cultura: la madre cuida, la abuela cuida, la tía cuida, la hermana cuida, muchas veces sin esperar nada a cambio, su recompensa (dicen) es ver bien a quienes aman, el éxito de los hijos, la estabilidad del hogar, la tranquilidad ajena, pero en ese dar constante hay algo que se va quedando sin espacio: ellas mismas, lo que me hace recordar la frase que dice mucho mi abuela, Doña Magdalena: «¿quién cuida al cuidador?»

El peso de lo que «se da por hecho»

Crecí viendo a las mujeres de mi familia cuidar: a mi madre, que ha trabajado y emprendido con tal de salir adelante incluyéndonos a mí y a mis hermanas en cada paso que daba, a mi abuela, que sacrificó su carrera por sus hijos y el cuidado de su esposo, y a mi tía, que después de largas horas de trabajo intentaba darle toda su atención a su única hija. Ninguna lo hacía porque alguien se los exigiera en voz alta, lo hacían porque se les lleva siglos diciendo, de mil maneras distintas, que cuidar es su lugar natural.

Me ha tocado ver cómo la vida se les va a estas mujeres por la de otro (incluyéndome), perdiendo oportunidades, libertad, protagonismo en sus propias historias, olvidándose de ellas como seres para convertirse únicamente en cuidadoras de diferentes cosas: del trabajo que trae el pan de cada día, de la casa que vuelven hogar, de la familia que sostienen (y mantienen unida) desde este rol silencioso. Este compromiso genuino considero que se vuelve, con el tiempo, obligación, porque como dice mi mamá, Doña Tania, más veces de las que quisiera escuchar: «si no lo hago yo, ¿quién lo va a hacer?»

Y es cierto, porque yo no tengo a otra madre, y más que a otra madre, a otra cuidadora que se eche el pleito encima de velar porque todo esté en orden: el estado de mi salud, la universidad, que si tengo tal actividad, que me vaya bien con las notas, el trabajo que no me estrese demasiado, y así con un montón de cosas. Pero hablando claro, yo no hago lo mismo tan seguido como ella conmigo, y no porque no la quiera, sino porque ella es la responsable, esa es su labor como madre, ella es la cuidadora, y por ende usualmente no dice en voz alta cuando tiene sus propios problemas por resolver, porque en ella está esa responsabilidad, ella es la independiente, ella está a cargo.

Así pasa con millones de mujeres que, queriendo o no, se sumen a este papel del que no se sale fácil (a veces, nunca), tal vez por miedo a ser señaladas como incompetentes, irresponsables, malas madres, tías, abuelas, hermanas, egoístas que solo piensan en ellas mismas, cuando la verdad es que si piensan una vez en sus propios asuntos (en caso de que lo hagan) ya pensaron diez veces en los de otros: en cómo salvarle la vida, en cómo resolverle todo, y ese otro «muy bien, gracias», a veces ni complacido ni agradecido.

Y es que me he dado cuenta de que dentro de todo esto también está el peso de cumplir las expectativas de la sociedad, donde fallar un día es, al parecer, una pena de muerte para esas mujeres que están solas, sumidas en este papel, aunque estén rodeadas de personas.

Y entonces me pregunto: ¿qué pasará cuando me toque a mí?

Hoy nadie depende de mi cuidado, pero es inevitable pensar en ello, ya sea porque mis padres, abuelos o hermanas se enfermen, o porque tenga hijos, en algún momento pasaré a vivir en primera persona lo que la RAE describe como el adjetivo del que cuida, y me pregunto si cuando llegue ese momento seguiré pensando en mí, en dos (por ese ser querido más yo), o en uno (solamente esa otra persona).

El cansancio, la renuncia, cómo el amor más genuino puede volverse invisible cuando se convierte en obligación sin descanso, sin reconocimiento, sin espacio para una misma, está grabado en mí, y es difícil preguntarse y responderse: después de identificar cada una de estas cosas, ¿podría ser cuidadora sin desaparecer en el intento? Ya lo veremos, porque sabiéndolo o no, te empujan a ese rol las mismas personas que un día necesitarán de tu cuidado.

¿Hasta dónde es sano?

Esa pregunta no tiene una respuesta fácil, pero sí tiene algo que nadie dice en voz alta: que cuidar y dar sin recibir agota, que sostener a otros mientras una se hunde no es amor, es supervivencia, y que en algún punto de ese camino la cuidadora deja de reconocerse a sí misma, deja de saber qué le gusta, qué le duele, qué necesita, porque hace tanto que esas preguntas no van dirigidas a ella que ya ni sabe cómo responderlas.

Y no es egoísmo preguntarse hasta dónde es sano, al contrario, creo que es el acto más honesto y necesario que puede hacer una cuidadora: reconocer que también es humana, que también se cansa, que cuidarse a una misma no le quita nada a quienes ama, sino que le permite seguir dando desde un lugar más real, más sostenible y más genuino.

Cómo sobrellevarlo: un espacio para quienes dan tanto

Fue a través de mi trabajo en VEAP que descubrí que había un espacio construido precisamente para eso, para quienes cuidan y no tienen con quién compartir lo que sienten. TeCuido es un programa de acompañamiento psicológico gratuito donde no hay que estar bien para entrar, donde se puede llegar con el cansancio, la duda, la culpa, o simplemente con esa pregunta que nadie les ha hecho: ¿y tú, cómo estás?

Cuidar a quien cuida no es un lujo, es una necesidad que durante demasiado tiempo hemos ignorado, pero este espacio existe, y es para ustedes. 🧡

Mia Magallanes

Por: Mia Magallanes

Community Manager
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